El patriarcado y las drogas: espejismo de igualdad para las mujeres

En este artículo nos adentraremos en cómo el constructo sexo-género atraviesa a las personas que usan drogas y en que la vivencia cambia según si eres hombre o si eres mujer. El patriarcado genera una falta de derechos para ellas, situando el género femenino en mayor desvaloración social que el masculino. Cobra cada vez más importancia la articulación de redes ‘sororidarias’ entre la mujeres, la creación de espacios inclusivos y exclusivos para ellas.

 

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Las mujeres siempre han sido grandes conocedoras de hierbas, pócimas, venenos y remedios naturales. Algunos grupos científicos consideran a las mujeres como las primeras toxicólogas de la historia. Existen infinidad de fuentes principales informativas sobre este tema, entre ellos los escritos medicinales discipulares de Aristóteles, donde se recogen  interesantes conclusiones de la fusión: Féminas y Alcaloides.

En este artículo nos adentraremos en cómo el constructo sexo-género atraviesa a las personas que usan drogas y en que la vivencia cambia según si eres hombre o si eres mujer. El patriarcado genera una falta de derechos para ellas, situando el género femenino en mayor desvaloración social que el masculino.

Que las mujeres consuman drogas no es nada nuevo, que se las relacione con el uso lúdico festivo de estupefacientes tampoco nos llama la atención, el punto de mira cuestionador y la respuesta social castigadora comienza cuando estas mujeres entran en el consumo problemático de estas sustancias, cuando dejan de estar calladas y tranquilas. Cuando son madres, pilares- de familia, cuando transgreden su rol de mujer y cuando no pensamos en su deseo personal, sino en el mensaje atávico que las oprime y las reduce. Esta visión sancionadora que genera una  jerarquía social donde las mujeres se hayan en una desigualdad estructural.

Todo ello se transmite mediante los Mandatos de Género: mensajes sociales que nos dicen cómo tiene que existir un hombre y una mujer. Este “encargo” social es determinante en la construcción de nuestra identidad, da lugar a expectativas sociales que se espera de las personas por ser consideradas mujer u hombre. Si elaboramos una lista de estos mandatos, observaremos claramente que unas indicaciones sociales son más valoradas que otras. Así pues, las cuestiones asociadas a la masculinidad como el poder o la agresividad, obtienen mayor reconocimiento que aquellos relacionados con el cuidado, la necesidad de ser y amar, etc.

Este orden social traspasa el consumo de drogas. La hegemonía del patriarcado y su discurso anacrónico señala aquellas actitudes que considera impropias para hombres y sobre todo inadmisibles para las mujeres. Para ello pone en marcha mecanismos de control como el miedo, la vergüenza y la culpa. Para saber de qué estamos hablando, veremos algunos ejemplos de cómo el patriarcado está presente en todas y cada una de las esferas del consumo de drogas.

“Esta construcción de género basada en la belleza exterior, está altamente ligada a la autoestima y el concepto de una misma. Les da poderío y las oprime a la vez”

Desde los inicios, a la mujeres se les enseña a gustar y agradar a las personas y a obtener aprobación, sobre todo de los hombres. Esta capacidad de atracción se realiza a través del cuerpo. Las mujeres somos cuerpo, sexualidad y belleza exterior, estos son componentes básicos de la feminidad. Las mujeres son educadas para asumir su cuerpo y su sexualidad como un instrumento para obtener diferentes cosas. El mismo cuerpo que le otorga beneficios y que también le genera muchas pérdidas, más que beneficios. Esta construcción de género basada en la belleza exterior está altamente ligada a la autoestima y el concepto de una misma. Les da poderío y las oprime a la vez.

Las mujeres se encuentran en situaciones vitales difíciles – vivir en la calle, abuso de drogas- tienden a utilizar su sexualidad y sus cuerpos con un hombre para obtener protección de otros hombres, también valoración y dinero para la dosis, mientras que ellos -por la misma construcción de género- tienden a la agresividad y la trasgresión violenta en forma de robo o atraco para autofinanciarse el consumo, siendo la prostitución uno de los motivos de salida para las mujeres.

Desde el inicio en la vida a las mujeres se les atribuye una cultura de dependencia con valores como el cuidado, la pertenencia y la disposición para atender sin límites a otras personas, cuidar siempre por encima de ellas mismas y en todo este entramado aparece la maternidad. Cuando una mujer está maternando, se espera de ellas que sean responsables, maduras y sensatas y por supuesto que no usen o abusen de las drogas. Si la sociedad se encuentra con mamás consumidoras, se abre un veto y comienza la búsqueda de ‘la mala madre’. Se activan juicios y cuestionamientos hacia su labor maternal, se llega a sanciones y penalizaciones, con todo el sufrimiento que ello conlleva. La sinopsis acaba casi siempre con un mismo final: la madre pierde innumerables pertenencias, aquellas que le enseñaron a preservar por encima de ella misma. Esta situación no se desarrolla de igual manera cuando esta misma sociedad se encuentra un padre de familia con un grave problema de alcohol, aquí se es más permisiva. No se juzga tanto su paternidad, simplemente se considera “habitual” ya que es un hombre y por tanto hay menor exigencia  de entrega y disponibilidad hacia las/los demás, perdiendo fuerza el sentimiento de ser, amar y pertenecer.

El reflejo patriarcal también está presente cuando las mujeres han de consumir de manera encubierta, escondidas, intentando que se note lo menos posible. Aquí muchos  hombres -también consumidores- les aconsejan tomar menos cantidad que ellos, principalmente para que puedan seguir cumpliendo ese empapado rol de responsabilidad que implica ser mujer,  o quizás para evitar el punzante eco de la palabra ‘viciosa’ que tantas veces escuchan. Esta clandestinidad, hace que su consumo sea invisible -sobre todo en drogas prescritas- para no traspasar fronteras más allá de las personales, que todo quede de la piel hacia dentro y en caso de compartir este espacio, que sea con la “familia consumidora creada”.

Con todo ello y desde el ámbito profesional, se hacen necesarias estrategias de prevención, programas de reducción de riesgos y tratamientos para el abuso de sustancias que satisfagan las necesidades particulares de las mujeres, adaptándose a los cambios sociales e implementando mensajes con perspectiva de género, basada en favorecer la autoestima femenina en su propia percepción y valoración, cómo ellas se ven a sí mismas y no a través de las/los demás, haciendo feministas cada una de las intervenciones que hagamos con las mujeres.

Cobra cada vez más importancia la articulación de redes ‘sororidarias’ entre la mujeres, la creación de espacios inclusivos y exclusivos para ellas, espacios de pensamiento donde activar procesos de (des)aprendizaje y cocrear nuevos roles de género, donde puedan expresar, sumar, soltar, conectar y desenredar, que estas uniones contribuyan a desmaternizar a las mujeres, orientar hacia el equilibrio de los factores de riesgo y protección en diferentes áreas de la vida, como es la familia, el grupo de pares, las relaciones sociales y el consumo de drogas.

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Un porrito antes de ir a clase

Muchos jóvenes fuman cannabis antes de su jornada escolar para poder afrontar su vida y por no tener esperanzas en su futuro, según un estudio

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    Una parte del cannabis consumido por los jóvenes es en horario escolar, según el estudio

Muchos jóvenes españoles reconocen fumar cannabis antes de entrar a clase para poder «afrontar su vida» y por las «escasas» perspectivas de futuro que les brinda la sociedad, según han avisado diferentes expertos con motivo de la presentación del ‘Estudio Sociológico Cualitativo sobre consumo de alcohol y cannabis en jóvenes y adolescentes’, realizado por la sociedad científica Socidrogalcohol y recogido por Europa Press.

Actualmente, la edad de inicio de consumo al cannabis se sitúa entre los 16 y 17 años, si bien, y a diferencia del alcohol, los jóvenes que fuman hachís o marihuana suelen pertenecer a grupos reducidos, de confianza y donde saben que son aceptados.

De hecho, en el trabajo se ha puesto de manifiesto que los adolescentes que reconocen consumir hachís o marihuana lo hacen durante el día, a la entrada del instituto y en los recreos, acudiendo así a las clases con un estado de «intoxicación» producido por estas sustancias.

Un consumo que, además, está normalizado y hace que aquellos que trafican con la sustancia no sean vistos como ‘traficantes’ sino como ‘colegas’. Y es que, suelen creer que es natural y tiene un uso terapéutico, lo que podría explicar que lo vean como una forma de «anestesiarse» y «regular sus emociones».

«Los jóvenes reclaman sentirse apoyados, por lo que es necesario que les ofrezcamos optimismo de cara a su futuro, ya que con la crisis ha habido un aumento de aquellos que quieren vivir el presente ya que les es duro pensar en su futuro», ha explicado la presidenta del Consejo General del Trabajo Social, Ana Lima.

Del mismo modo ocurre con el alcohol, sustancia que comienza a probarse entre los 13 y 14 años y que se utiliza como un «ritual de paso» para dejar de ser un «niño». Los fines de semana es cuando mayoritariamente se consumen bebidas alcohólicas por parte de los jóvenes y los motivos por los que lo hacen es para mejorar sus habilidades sociales, facilitar acciones que sólo se permiten bajo los efectos del alcohol.

Pero, a pesar de que se han demostrado los peligros que tienen las bebidas alcohólicas en la maduración de los jóvenes, éstos no tienen percepción del riesgo por ser legal y estar está normalizado su consumo en la sociedad, en sus propias casas.

Si se analiza por género el consumo de alcohol y cannabis, los responsables de la encuesta han avisado de que las parejas donde el chico es el consumidor hay mayores probabilidades de que la chica consuma, ya que ellas reconocen hacerlo para gustarles, mientras que ellos lo hacen por ser «más valientes, más machotes».

«Asimismo, es llamativo que los jóvenes lleguen a ver más peligroso el tabaco que el alcohol y cannabis, por lo que es necesario que la sociedad medite qué está pasando, si realmente se está abordando el problema y si se está haciendo lo suficiente», ha recalcado la delegada de Socidrogalcohol en la Comunidad Valenciana, Stella Vicens.

Aunque en todas las regiones hay jóvenes que abusan de estas sustancias, el trabajo, realizado en 12 comunidades autónomas, ha mostrado que en Galicia y Melilla los jóvenes empiezan más tarde a beber alcohol (14,2 años), mientras que en Aragón son los más precoces (13,4 años). En cannabis, los que antes empiezan a fumarlo son los adolescentes de Baleares, Cataluña, País Vasco y Ceuta (14,6 años), y en Andalucía, Castilla y León y Melilla los que más tarde lo hacen (15,1 años).

Asimismo, las tres comunidades donde el alcohol adquiere mayor prevalencia son la Comunidad Valenciana, Castilla y León y Navarra, regiones que, junto con el País Vasco, presentan cifras de borracheras que superan la media nacional. En cuanto al conocido como ‘binge drinking’, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana y Navarra es donde más se practica este patrón de consumo y, donde menos, en Ceuta, Melilla, Canarias y Baleares.

La práctica del botellón está más extendida en Castilla-La Mancha y Extremadura y donde menos en Canarias, Galicia, Ceuta y Melilla. Además, la Comunidad Valenciana, junto con Cataluña y País Vasco lideran el consumo de cannabis entre los jóvenes, si bien Ceuta, Melilla, Extremadura, La Rioja y Castilla-La Mancha se sitúan entre las regiones cuyos adolescentes fuman menos hachís o marihuana.

Con todo ello, el presidente de Socidrogalcohol, Francisco Pascual, ha subrayado la importancia de que las familias se impliquen más en educar sobre los riesgos que conlleva el consumo de cannabis y alcohol entre los jóvenes, más allá de si aprueba o no, y de que la sociedad luche por ellos para ofrecerles un futuro más esperanzados.

También, los expertos han abogado por fomentar el trabajo en redes de los diferentes profesionales, incorporar en la educación asignaturas que atiendan a la persona de forma integral, formar a los profesores en aspectos emocionales y de habilidades para la vida y aumentar la concienciación social sobre los peligros del consumo de alcohol y cannabis.

«Los problemas del consumo en los menores son el problema del mundo adulto, por lo que si no atendemos a lo que verbalizan los jóvenes seremos poco eficientes en la prevención».