Programa de desintoxicacion de Narconon Los Molinos.

Cuando comencé la sauna, no tenía ganas de hacerla ni de hacer nada la verdad, tenía mucha rabia por dentro, por tener que estar aqui, ademas de tener mucha ansiedad de drogas, que incluso me llevo a parar mi proceso de desintoxicación, en un momento de “rayada”, y no pensar en las consecuencias. A medida que fuí haciendo la sauna se me fueron yendo las ganas de consumir y los “viajes” iban disminiyendo. A medida que pasaban los días me levantaba bien, no con ganas pero sin con fuerzas, más adelante comencé a ser sociable, cosa que en mi vida no he sido siempre, ya que me jodía que me dijeran cosas, y quien lo hacia y me molestaba, le hacia la cruz.

Cuando iba por la mitad del proceso, ya me reía con la gente, se me pasaba el tiempo más deprisa, tenía ganas de rectificar el daño que había hecho a mi familia y en vez de poner impedimentos, quería ayudar en lo que pudiera. Se me han quitado totalmente las ganas de consumir drogas, y ahora me siento con fuerzas para no hacerlo, y tirar para adelante y rectificar.

Todo esto se lo debo al programa de desintoxicación de Narconon Los Molinos

Adrian( Madrid)

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El patriarcado y las drogas: espejismo de igualdad para las mujeres

En este artículo nos adentraremos en cómo el constructo sexo-género atraviesa a las personas que usan drogas y en que la vivencia cambia según si eres hombre o si eres mujer. El patriarcado genera una falta de derechos para ellas, situando el género femenino en mayor desvaloración social que el masculino. Cobra cada vez más importancia la articulación de redes ‘sororidarias’ entre la mujeres, la creación de espacios inclusivos y exclusivos para ellas.

 

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Las mujeres siempre han sido grandes conocedoras de hierbas, pócimas, venenos y remedios naturales. Algunos grupos científicos consideran a las mujeres como las primeras toxicólogas de la historia. Existen infinidad de fuentes principales informativas sobre este tema, entre ellos los escritos medicinales discipulares de Aristóteles, donde se recogen  interesantes conclusiones de la fusión: Féminas y Alcaloides.

En este artículo nos adentraremos en cómo el constructo sexo-género atraviesa a las personas que usan drogas y en que la vivencia cambia según si eres hombre o si eres mujer. El patriarcado genera una falta de derechos para ellas, situando el género femenino en mayor desvaloración social que el masculino.

Que las mujeres consuman drogas no es nada nuevo, que se las relacione con el uso lúdico festivo de estupefacientes tampoco nos llama la atención, el punto de mira cuestionador y la respuesta social castigadora comienza cuando estas mujeres entran en el consumo problemático de estas sustancias, cuando dejan de estar calladas y tranquilas. Cuando son madres, pilares- de familia, cuando transgreden su rol de mujer y cuando no pensamos en su deseo personal, sino en el mensaje atávico que las oprime y las reduce. Esta visión sancionadora que genera una  jerarquía social donde las mujeres se hayan en una desigualdad estructural.

Todo ello se transmite mediante los Mandatos de Género: mensajes sociales que nos dicen cómo tiene que existir un hombre y una mujer. Este “encargo” social es determinante en la construcción de nuestra identidad, da lugar a expectativas sociales que se espera de las personas por ser consideradas mujer u hombre. Si elaboramos una lista de estos mandatos, observaremos claramente que unas indicaciones sociales son más valoradas que otras. Así pues, las cuestiones asociadas a la masculinidad como el poder o la agresividad, obtienen mayor reconocimiento que aquellos relacionados con el cuidado, la necesidad de ser y amar, etc.

Este orden social traspasa el consumo de drogas. La hegemonía del patriarcado y su discurso anacrónico señala aquellas actitudes que considera impropias para hombres y sobre todo inadmisibles para las mujeres. Para ello pone en marcha mecanismos de control como el miedo, la vergüenza y la culpa. Para saber de qué estamos hablando, veremos algunos ejemplos de cómo el patriarcado está presente en todas y cada una de las esferas del consumo de drogas.

“Esta construcción de género basada en la belleza exterior, está altamente ligada a la autoestima y el concepto de una misma. Les da poderío y las oprime a la vez”

Desde los inicios, a la mujeres se les enseña a gustar y agradar a las personas y a obtener aprobación, sobre todo de los hombres. Esta capacidad de atracción se realiza a través del cuerpo. Las mujeres somos cuerpo, sexualidad y belleza exterior, estos son componentes básicos de la feminidad. Las mujeres son educadas para asumir su cuerpo y su sexualidad como un instrumento para obtener diferentes cosas. El mismo cuerpo que le otorga beneficios y que también le genera muchas pérdidas, más que beneficios. Esta construcción de género basada en la belleza exterior está altamente ligada a la autoestima y el concepto de una misma. Les da poderío y las oprime a la vez.

Las mujeres se encuentran en situaciones vitales difíciles – vivir en la calle, abuso de drogas- tienden a utilizar su sexualidad y sus cuerpos con un hombre para obtener protección de otros hombres, también valoración y dinero para la dosis, mientras que ellos -por la misma construcción de género- tienden a la agresividad y la trasgresión violenta en forma de robo o atraco para autofinanciarse el consumo, siendo la prostitución uno de los motivos de salida para las mujeres.

Desde el inicio en la vida a las mujeres se les atribuye una cultura de dependencia con valores como el cuidado, la pertenencia y la disposición para atender sin límites a otras personas, cuidar siempre por encima de ellas mismas y en todo este entramado aparece la maternidad. Cuando una mujer está maternando, se espera de ellas que sean responsables, maduras y sensatas y por supuesto que no usen o abusen de las drogas. Si la sociedad se encuentra con mamás consumidoras, se abre un veto y comienza la búsqueda de ‘la mala madre’. Se activan juicios y cuestionamientos hacia su labor maternal, se llega a sanciones y penalizaciones, con todo el sufrimiento que ello conlleva. La sinopsis acaba casi siempre con un mismo final: la madre pierde innumerables pertenencias, aquellas que le enseñaron a preservar por encima de ella misma. Esta situación no se desarrolla de igual manera cuando esta misma sociedad se encuentra un padre de familia con un grave problema de alcohol, aquí se es más permisiva. No se juzga tanto su paternidad, simplemente se considera “habitual” ya que es un hombre y por tanto hay menor exigencia  de entrega y disponibilidad hacia las/los demás, perdiendo fuerza el sentimiento de ser, amar y pertenecer.

El reflejo patriarcal también está presente cuando las mujeres han de consumir de manera encubierta, escondidas, intentando que se note lo menos posible. Aquí muchos  hombres -también consumidores- les aconsejan tomar menos cantidad que ellos, principalmente para que puedan seguir cumpliendo ese empapado rol de responsabilidad que implica ser mujer,  o quizás para evitar el punzante eco de la palabra ‘viciosa’ que tantas veces escuchan. Esta clandestinidad, hace que su consumo sea invisible -sobre todo en drogas prescritas- para no traspasar fronteras más allá de las personales, que todo quede de la piel hacia dentro y en caso de compartir este espacio, que sea con la “familia consumidora creada”.

Con todo ello y desde el ámbito profesional, se hacen necesarias estrategias de prevención, programas de reducción de riesgos y tratamientos para el abuso de sustancias que satisfagan las necesidades particulares de las mujeres, adaptándose a los cambios sociales e implementando mensajes con perspectiva de género, basada en favorecer la autoestima femenina en su propia percepción y valoración, cómo ellas se ven a sí mismas y no a través de las/los demás, haciendo feministas cada una de las intervenciones que hagamos con las mujeres.

Cobra cada vez más importancia la articulación de redes ‘sororidarias’ entre la mujeres, la creación de espacios inclusivos y exclusivos para ellas, espacios de pensamiento donde activar procesos de (des)aprendizaje y cocrear nuevos roles de género, donde puedan expresar, sumar, soltar, conectar y desenredar, que estas uniones contribuyan a desmaternizar a las mujeres, orientar hacia el equilibrio de los factores de riesgo y protección en diferentes áreas de la vida, como es la familia, el grupo de pares, las relaciones sociales y el consumo de drogas.

Un porrito antes de ir a clase

Muchos jóvenes fuman cannabis antes de su jornada escolar para poder afrontar su vida y por no tener esperanzas en su futuro, según un estudio

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    Una parte del cannabis consumido por los jóvenes es en horario escolar, según el estudio

Muchos jóvenes españoles reconocen fumar cannabis antes de entrar a clase para poder «afrontar su vida» y por las «escasas» perspectivas de futuro que les brinda la sociedad, según han avisado diferentes expertos con motivo de la presentación del ‘Estudio Sociológico Cualitativo sobre consumo de alcohol y cannabis en jóvenes y adolescentes’, realizado por la sociedad científica Socidrogalcohol y recogido por Europa Press.

Actualmente, la edad de inicio de consumo al cannabis se sitúa entre los 16 y 17 años, si bien, y a diferencia del alcohol, los jóvenes que fuman hachís o marihuana suelen pertenecer a grupos reducidos, de confianza y donde saben que son aceptados.

De hecho, en el trabajo se ha puesto de manifiesto que los adolescentes que reconocen consumir hachís o marihuana lo hacen durante el día, a la entrada del instituto y en los recreos, acudiendo así a las clases con un estado de «intoxicación» producido por estas sustancias.

Un consumo que, además, está normalizado y hace que aquellos que trafican con la sustancia no sean vistos como ‘traficantes’ sino como ‘colegas’. Y es que, suelen creer que es natural y tiene un uso terapéutico, lo que podría explicar que lo vean como una forma de «anestesiarse» y «regular sus emociones».

«Los jóvenes reclaman sentirse apoyados, por lo que es necesario que les ofrezcamos optimismo de cara a su futuro, ya que con la crisis ha habido un aumento de aquellos que quieren vivir el presente ya que les es duro pensar en su futuro», ha explicado la presidenta del Consejo General del Trabajo Social, Ana Lima.

Del mismo modo ocurre con el alcohol, sustancia que comienza a probarse entre los 13 y 14 años y que se utiliza como un «ritual de paso» para dejar de ser un «niño». Los fines de semana es cuando mayoritariamente se consumen bebidas alcohólicas por parte de los jóvenes y los motivos por los que lo hacen es para mejorar sus habilidades sociales, facilitar acciones que sólo se permiten bajo los efectos del alcohol.

Pero, a pesar de que se han demostrado los peligros que tienen las bebidas alcohólicas en la maduración de los jóvenes, éstos no tienen percepción del riesgo por ser legal y estar está normalizado su consumo en la sociedad, en sus propias casas.

Si se analiza por género el consumo de alcohol y cannabis, los responsables de la encuesta han avisado de que las parejas donde el chico es el consumidor hay mayores probabilidades de que la chica consuma, ya que ellas reconocen hacerlo para gustarles, mientras que ellos lo hacen por ser «más valientes, más machotes».

«Asimismo, es llamativo que los jóvenes lleguen a ver más peligroso el tabaco que el alcohol y cannabis, por lo que es necesario que la sociedad medite qué está pasando, si realmente se está abordando el problema y si se está haciendo lo suficiente», ha recalcado la delegada de Socidrogalcohol en la Comunidad Valenciana, Stella Vicens.

Aunque en todas las regiones hay jóvenes que abusan de estas sustancias, el trabajo, realizado en 12 comunidades autónomas, ha mostrado que en Galicia y Melilla los jóvenes empiezan más tarde a beber alcohol (14,2 años), mientras que en Aragón son los más precoces (13,4 años). En cannabis, los que antes empiezan a fumarlo son los adolescentes de Baleares, Cataluña, País Vasco y Ceuta (14,6 años), y en Andalucía, Castilla y León y Melilla los que más tarde lo hacen (15,1 años).

Asimismo, las tres comunidades donde el alcohol adquiere mayor prevalencia son la Comunidad Valenciana, Castilla y León y Navarra, regiones que, junto con el País Vasco, presentan cifras de borracheras que superan la media nacional. En cuanto al conocido como ‘binge drinking’, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana y Navarra es donde más se practica este patrón de consumo y, donde menos, en Ceuta, Melilla, Canarias y Baleares.

La práctica del botellón está más extendida en Castilla-La Mancha y Extremadura y donde menos en Canarias, Galicia, Ceuta y Melilla. Además, la Comunidad Valenciana, junto con Cataluña y País Vasco lideran el consumo de cannabis entre los jóvenes, si bien Ceuta, Melilla, Extremadura, La Rioja y Castilla-La Mancha se sitúan entre las regiones cuyos adolescentes fuman menos hachís o marihuana.

Con todo ello, el presidente de Socidrogalcohol, Francisco Pascual, ha subrayado la importancia de que las familias se impliquen más en educar sobre los riesgos que conlleva el consumo de cannabis y alcohol entre los jóvenes, más allá de si aprueba o no, y de que la sociedad luche por ellos para ofrecerles un futuro más esperanzados.

También, los expertos han abogado por fomentar el trabajo en redes de los diferentes profesionales, incorporar en la educación asignaturas que atiendan a la persona de forma integral, formar a los profesores en aspectos emocionales y de habilidades para la vida y aumentar la concienciación social sobre los peligros del consumo de alcohol y cannabis.

«Los problemas del consumo en los menores son el problema del mundo adulto, por lo que si no atendemos a lo que verbalizan los jóvenes seremos poco eficientes en la prevención».

Por qué el consumo de alcohol produce sensación de calor en el cuerpo

Cuando se consumen bebidas con alcohol solemos notar una sensación de calor en el cuerpo, aunque en realidad no aumentemos nuestra temperatura. Esto es porque la dilatación de los vasos sanguíneos por culpa del alcohol acelera la pérdida de calor, lo que en otras palabras, produce una sensación de acaloramiento ficticia.

 

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El fin de semana es sinónimo de descanso, diversión y actividades de ocio. Para muchas personas, la llegada del viernes, sábado y domingo supone un buen momento para relajarse con familiares y amigos en fiestas o eventos sociales que traen consigo, en la mayoría de las ocasiones, el consumo de alcohol .

Cuando se toman este tipo de bebidas, a menudo notamos una cierta sensación de calor , lo que hace que una gran parte de la gente crea —erróneamente— que el alcohol ayuda a mantener o aumentar la temperatura corporal, cuando en realidad sucede todo lo contrario.

Cómo afecta el alcohol a la sensación de calor o frío

La sensación subjetiva de calor o frío depende de las terminaciones nerviosas sensibles a la temperatura que se encuentran en la piel. Dichas terminaciones son las que estiman la temperatura cutánea y, por lo tanto, son las responsables de que tengamos una sensación de frío o calor, según recuerda Ángel Luis García Villalón , catedrático de Fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid.

El consumo de bebidas alcohólicas produce la dilatación de los vasos sanguíneos de la piel

El alcohol es una sustancia que produce vasodilatación, es decir, provoca que los vasos sanguíneos aumenten su diámetro interno para permitir que fluya más sangre, un fenómeno contrario a la vasoconstricción, que causa justamente lo contrario (la reducción del tamaño de las arterias, las venas y los capilares). El consumo de alcohol, por tanto, hace que las arterias cutáneas se dilaten y que llegue más sangre a la piel , apunta García Villalón. Como consecuencia, la piel se calienta al recibir más flujo sanguíneo, estimulando a su vez las terminaciones sensibles al calor.

Sin embargo, al contrario de lo que pueda parecer, la dilatación de los vasos sanguíneos por culpa del alcohol acelera la pérdida de calor, en otras palabras, procede una sensación de acaloramiento ficticia —ya que solo sucede en la piel, y no en el resto del cuerpo—. La realidad es que el consumo de bebidas alcohólicas no ayuda a resistir el frío. Así lo han confirmado diversas investigaciones sobre el efecto que tiene el alcohol en la termorregulación en condiciones de altas  y bajas temperaturas . Su impacto es tan importante que las personas que han ingerido grandes cantidades de esta sustancia pueden llegar a morir de hipotermia en un día muy frío al no ser conscientes de lo que ocurre en realidad en su organismo.

Los efectos perjudiciales del alcohol en la salud

A pesar de que el alcohol está presente en nuestra vida diaria y, especialmente, en numerosos eventos sociales, la evidencia científica actual demuestra lo dañina que resulta esta sustancia para nuestro organismo. No solo porque engañe a nuestro sistema termorregulador, sino porque beber —ya sea demasiado en una sola ocasión o de forma frecuente— tiene consecuencias perjudiciales  para el cuerpo.

El consumo de alcohol se relaciona con más de 200 enfermedades

Los Institutos Nacionales de la Salud  (NIH, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos han evaluado cuáles son sus efectos negativos. El alcohol, por ejemplo, afecta a las rutas de comunicación que emplea nuestro cerebro, causando como resultado un daño en la coordinación motora, el comportamiento o en el estado de ánimo. Esta sustancia psicoactiva también se caracteriza por provocar problemas en el hígado, el corazón, el sistema inmunológico o el páncreas.

Según la Organización Mundial de la Salud , cada año se producen más de 3,3 millones de muertes al año directamente relacionadas con el consumo de alcohol, lo que representa un 5,9% del total de fallecimientos anuales. Tomar bebidas alcohólicas, de hecho, se asocia con una amplia gama de más de 200 enfermedades. Hechos no siempre conocidos, a tenor de la alta prevalencia del alcohol  en la sociedad.

El alcohol causa más de 3,3 millones de fallecimientos al año, según datos de la OMS

Entre otras patologías, los expertos destacan trastornos mentales y de comportamiento, cirrosis hepática, algunos tipos de cáncer  y enfermedades cardiovasculares, un impacto que depende de dos factores diferenciados pero relacionados, el volumen total consumido y el patrón que se siga a la hora de beber. Además de estas patologías, es evidente que el alcohol también está detrás de muchos accidentes de tráfico o incidentes violentos, por lo que los expertos recomiendan no ingerir este tipo de bebidas.

Heroína, la pesadilla de América

La epidemia de muertes por cócteles de opiáceos revienta los registros históricos en EE UU

Heroína Estados Unidos
Un adicto en una calle del Bronx en Nueva York. SPENCER PLATT AFP

Luis González fue adicto al crack y a la cocaína, estuvo preso, se rehabilitó, fue guardaespaldas de un cantante de los Bee Gees y se hizo guía de adictos en un centro de desintoxicación. Pero a sus curtidos 59 años no había visto nada como lo que está pasando ahora. “Se están yendo todos al cementerio”, dice. La epidemia de los opiáceos abrasa las venas de EE UU. Según The New York Times, en 2016 las drogas mataron a más personas que nunca, al menos 59.700 (una proyección a partir de datos oficiales del primer semestre y que continúa la escalada desde los 47.000 de 2014 y los 52.400 de 2015). El año pasado murieron por esta causa más americanos que en los 19 años de la guerra de Vietnam.

Del total de muertes, unas 35.000 fueron por consumo de heroína sola o cortada con opiáceos sintéticos ilegales que tienen su principal origen en China y que hasta traficantes de poca monta logran recibir por correo tras pedirlos en páginas ocultas de Internet. El compuesto más común desde hace cinco años, 50 veces más fuerte que la heroína, es el fentanilo —que mató a Prince en 2016—, y otro más reciente pero poco usual es el carfentanilo, 100 veces más potente que el fentanilo y capaz de sedar con una pizca a un elefante de seis toneladas.

Pero ningún peligro por desmedido que sea parece espantar a un heroinómano. “No me da miedo”, afirma Edward [los nombres de los adictos entrevistados son ficticios a petición suya], un blanco de 31 años en Overtown, el gueto negro más antiguo de Miami. “Es una jodida locura lo que te digo, ¿verdad? Pues no me da miedo. Llega un momento en que no te importa nada. Esta mañana me levanté enfermo, vomitando y acabé comprando una heroína de mierda, sin ninguna potencia. Una pura basura”. Diez minutos después, Edward estaba en suelo, desplomado contra un semáforo, viendo los coches pasar.

“La información disponible sugiere que el problema seguirá empeorando durante 2017”, indica por correo electrónico Nora Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA). “Esta tendencia es el resultado de una crisis de salud pública alarmante. La sobredosis de droga ya es la causa de muerte más común entre los americanos menores de 50 años”, añade.

El boom de la heroína ha escalado esta década y es consecuencia de la barra libre que se dio en la anterior al consumo médico de potentes analgésicos legales. Siguiendo la estela de la batalla de los noventa contra las tabaqueras, varios Estados han demandado a farmacéuticas por haber alentado supuestamente el consumo de medicamentos adictivos influyendo en infinidad de doctores que los recetaron sin mesura. Florida se volvió la capital de las clínicas que despachan pastillas, llamadas pill mill (molinos de píldoras)

“Yo empecé con la oxicodina”, recuerda Dylan, un rubio de teleserie de adolescentes de 23 años enganchado a la heroína. “Odio estar así. Yo fui un tipo muy popular cuando era un chaval. Pero la cagué”. Ana, de 25 años y origen puertorriqueño, tuvo una entrada a la heroína que rompe el alma: “Mi abuelo era adicto y me la puyó para violarme cuando tenía 14 años. Me quedé embarazada y aborté”. Ahora camina sobre la cuerda de los cócteles salvajes que consume: “Desde enero ya me he muerto cinco veces. Cada día le ponen cosas más fuertes a la mezcla y me muero más que antes”.

Ana, Edward y Dylan reciben atención del Miami Needle Exchange, una ONG de financiación privada que les da jeringuillas nuevas, y les hace pruebas de VIH —Miami es la segunda ciudad en nuevas infecciones tras Baton Rouge (Luisiana)—. Los trabajadores del programa aparcan su furgoneta y la briosa coordinadora Emelina Martínez, de 49 años, sale a caminar por Overtown para saludar y que se sepa que han llegado. En cada esquina se perciben los movimientos huidizos entre manos que hacen correr la droga con discreción. Una blanca dicharachera y delgada como un alambre se saluda en medio segundo con un negro en bicicleta y esconde sus dosis bajo el pantalón. “Es La Flaca”, dice Emelina. Un treintañero blanco con una calavera en la camiseta pasa en patinete a su lado y le hace un gesto malencarado. “Él es de los más ariscos”, comenta.

En Florida, uno de los Estados más castigados por la plaga, murieron más de 4.000 personas en 2016 por sobredosis relacionadas con opiáceos, según cálculos preliminares no oficiales. Las estadísticas públicas registraron de 2014 a 2015 un incremento de más del 100% en muertes por heroína y fentanilo. Los casos recogidos por los medios resultan cada vez más cruentos. El pasado sábado se difundió la autopsia de una pareja que fue hallada muerta en la madrugada de Año Nuevo en Daytona Beach (Florida) con sus tres hijos pequeños en la parte trasera de su coche. Sobredosis por fentanilo.

Después de varios años resistiéndose, el gobernador Rick Scott, un republicano muy conservador, declaró en mayo el estado de emergencia sanitaria y asignó 54 millones de dólares (48,2 millones de euros) para el próximo bienio dedicada a la prevención, el tratamiento y la rehabilitación. Los adictos, reconoció Scott, “son hijos, hijas, madres, padres, hermanas, hermanos y amigos y sus tragedias dejan a sus seres queridos buscando respuestas y elevando plegarias para que alguien los ayude”

Tomando café junto a su amigo de origen cubano Luis González, Danny Tricoche, de origen puertorriqueño, exheroinómano de 63 años y miembro de otro centro de rehabilitación, dice con resquemor: “Antes la droga era cosa de los latinos y los negros pobres de las grandes ciudades y ahora que se fue para los suburbios de blancos, ¡ah!, ahora sí que tenemos un gran problema”. Los registros de usuarios de la organización Miami Needle Exchange plasman la novedosa característica racial de la epidemia: 152 son blancos, 117 son latinos y solamente 12 son afroamericanos. Emelina Martínez dice: “A los jóvenes negros les gusta la marihuana pero no los sueles ver consumiendo heroína. Creo que como se criaron viendo en sus calles a estos drogadictos y saben lo que pasó con sus padres con el crack en los noventa, no se meten en eso”. Cuenta que a su furgoneta llegan profesionales de barrios acomodados conduciendo sus coches de gama alta, intercambian sus jeringuillas sin apenas decir palabra y se retiran.

“Yo no entiendo esta matazón”, se lamenta González, y relata con cercanía ejemplos de la nueva pesadilla americana que por su trabajo conoce de primera mano, como “una cheerleader de Carolina del Norte que no sale de Overtown” o una bailarina de streptease a la que llamaban Strawberry [fresa] por su melena pelirroja: “Hace un tiempo me vino a pedir dinero y le rogué que anduviera con cuidado porque le están echando fentanilo a todo. Pero ella ya estaba tan malita que dijo: “A mí el fentanilo me cura”. Bueno, pues hace un mes apareció muerta debajo de un puente. Así se nos fue la Strawberry. Pobre blanquita”.

Datos de una nación adicta

Un joven adicto en el barrio de Overtown (Miami).
Un joven adicto en el barrio de Overtown (Miami). P. DE LLANO

Las cifras de la epidemia son desmesuradas. En 2015 dos millones de americanos tuvieron problemas con opiáceos de receta y 591.000 con heroína. Esta droga supuso ese año un costo social de 51.000 millones de dólares, casi lo mismo que el nuevo aumento para gasto militar anunciado por la Casa Blanca. EE UU suma un 5% de la población mundial pero consume el 80% del mercado global de opiáceos farmacológicos. Policías y bomberos han empezado a portar dosis de naloxona, un antídoto urgente para sobredosis, para intervenir en las que se encuentran en las calles. Nora Volkow, directora del principal instituto público contra la droga, afirma que urge una respuesta “multifacética” para la que defiende “investigar medicamentos alternativos no adictivos contra el dolor; desarrollar métodos más efectivos para contrarrestar las sobredosis y para el tratamiento de la adicción; y educar a la población, incluyendo a los doctores”. Trump ha creado una comisión contra la epidemia. En sus discursos la ha definido –junto “al crimen y las pandillas”– como un factor de lo que denomina “la carnicería americana”.

NARCONON

Interesa  el modelo Narconon al gobierno de Quintana Roo

Navojoa, Sonora; a 26 de Febrero de 2017. Como una muestra del éxito obtenido en materia de combate a las adicciones a través de la operación en conjunto de un centro de rehabilitación por parte de Narconon Internacional y el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) Navojoa, el gobierno del estado de Quintana Roo ha mostrado su interés en tal modelo.

 Así lo dieron a conocer consultores de dicho gobierno durante la visita al centro, donde sostuvieron una reunión con la Presidenta de DIF municipal, Luly  Ruy Sánchez de Silva.

 “El motivo del éxito de este centro ha sido la suma de voluntades tanto del gobierno municipal como de Narconon Internacional” manifestó la primera dama.

 Argumentó que este centro tiene once años de operación y al iniciar la presente administración se han dado a la tarea de darle promoción, ya que gracias al esquema que se maneja con los estándares de Narconon Internacional, se tiene alcance a un método eficaz a de rehabilitación a un costo simbólico.

 Recalcó que gracias al esfuerzo del personal capacitado que labora en este centro, durante el 2016 Narconon Navojoa fue elegido por Narconon Internacional como el centro número uno a nivel mundial este sistema en cuanto a mayor porcentaje de graduados en relación al número de personas internadas en el mismo.

 “El ver a una familia reintegrada gracias a la rehabilitación de las garras de las drogas de un padre, un hijo, un esposo o un hermano, es la mayor satisfacción y la mejor paga que podemos recibir por el esfuerzo y el trabajo realizado”,  expresó.

 Los representantes del Gobierno de Quintana Roo, mencionaron que la intención del Gobernador, Carlos Joaquín González, es buscar esquemas de programas sociales en materia de combate y prevención a las adicciones en busca de un Quintana Roo Sano, por tal motivo se dieron a la tarea de conocer la forma en la que opera el único centro Narconon en conjunto con un gobierno.

 En la reunión también estuvieron el Director de DIF Municipal, Martín Mendoza Cevallos, y el Subdirector de Narconon Navojoa, José Inés Buitimea Yocupicio, quienes se mantendrán en contacto con los consultores del gobierno de Quintana Roo para ofrecer más detalles de la operación del centro.

Un estudio concluye que el consumo de cocaína aumenta la probabilidad de mantener prácticas sexuales de riesgo

Según los autores, estos resultados hacen más apremiante la necesidad de promocionar la reducción de riesgos en las prácticas sexuales entre las personas usuarias de esta droga.

 

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La cocaína es una sustancia estimulante cuyo uso genera sentimientos de euforia, energía  e hiperatención. Hace ya mucho tiempo que su consumo se ha vinculado de manera anecdótica a unas tasas más elevadas de comportamientos impulsivos, entre los que se incluirían las prácticas sexuales de riesgo. No obstante esta relación ha resultado difícil de estudiar con rigor y control científico. Por este motivo, en EE UU se realizó un estudio que contó con un pequeño número de usuarios habituales de cocaína y cuyos resultados, publicados en la revista Psychopharmacology, apuntan a la “impaciencia” como una barrera obvia frente al uso del preservativo cuando las personas están bajo el efecto de esta droga.

En el estudio, a doble ciego, se compararon los efectos de varias dosis orales de cocaína y para entrar en él se excluyeron aquellos posibles participantes que estuvieran buscando ayuda para abandonar el consumo de cocaína (aunque a estas personas se les proporcionaron recursos y contactos para acceder a un tratamiento). Doce participantes completaron el estudio (ocho de los cuales eran hombres): ocho de etnia blanca, dos de origen afroamericano y los dos restantes de origen racial mixto. Su media de edad era de 27 años y todos tenían un nivel educativo superior a la escuela secundaria.

En las 24 horas previas a cada sesión de estudio, las personas participantes se abstuvieron del consumo de cualquier droga, incluyendo el alcohol. Cada participante tomó un comprimido de tres posibles (uno que no contenía cocaína, uno con una dosis de 125 miligramos de cocaína por cada 70 kilogramos de peso corporal o uno de 250 miligramos de cocaína por cada 70 kilogramos de peso corporal) en cada una de las tres sesiones de estudio. La toma se realizó en presencia de un miembro del personal del estudio. Posteriormente estas personas permanecieron en un entorno controlado durante aproximadamente 4,5 horas hasta que su presión arterial cayera por debajo de un nivel que demostraba que el efecto de la droga había desaparecido.

Durante el transcurso de la sesión, los participantes evaluaron cada 10 minutos el efecto de la droga (en una escala de cuatro puntos donde cero equivalía a ningún efecto y cuatro, a un efecto potente) y también puntuaron su nivel de deseo sexual en una escala de 100 puntos (en la que el cero equivalía a ausencia de deseo sexual y 100, a un gran deseo). Se observó que los niveles tanto de deseo sexual como de cocaína aumentaron al mismo tiempo y alcanzaron su pico aproximadamente 45 minutos después de la ingesta de la droga.

A los participantes se les pidió que puntuaran su probabilidad de usar un preservativo (en caso de existir uno inmediatamente disponible), así como su predisposición a esperar para conseguir uno antes de mantener relaciones sexuales según períodos de espera de 2 minutos, 5 minutos, 15 minutos, 30 minutos, una hora, tres horas y seis horas.

Se comprobó que las personas afirmaron tener una elevada predisposición a emplear un preservativo que estuviera disponible, con independencia de si estaban bajo los efectos de la cocaína o no: 80% frente al 87 por ciento, de forma respectiva. Sin embargo, al aumentar el tiempo de espera para utilizar el preservativo, la predisposición a mantener relaciones sexuales sin él es mayor si la persona está bajo los efectos de la cocaína. Por comparación, las personas que estaban tomando la dosis más elevada de cocaína tuvieron, en promedio, una probabilidad de un 40% de poder esperar una hora para usar un preservativo, mientras que las mismas personas tuvieron una probabilidad del 60% de esperar tanto tiempo cuando recibieron el comprimido sin cocaína.

Del mismo modo, cuando estuvieron bajo el efecto de cualquiera de las dosis probadas de cocaína, las personas fueron más propensas que las que no tomaban la droga a no utilizar un preservativo aunque existiera una posibilidad elevada de adquirir una ITS. Por ejemplo, cuando se les planteó que las probabilidades de adquirir una ITS eran de una entre 2.000, algo más del 40% de las personas que estaban bajo el efecto de la dosis más elevada de cocaína se mostraron dispuestas a usar un preservativo, mientras que este porcentaje estuvo en torno al 70% cuando los participantes no tomaron cocaína.

Para los autores, la conclusión es que la cocaína parece aumentar el deseo sexual y aunque las personas que están bajo sus efectos afirman que probablemente utilizarían un preservativo si tuvieran uno en una situación que implicara una relación de riesgo, en el caso de no disponer de un preservativo, esta droga les haría estar menos dispuestas a aplazar la relación sexual hasta conseguir uno. Es decir, se vuelven más impacientes cuando se trata de esperar por el sexo.

Para determinar si la “impaciencia” de las personas bajo los efectos de la cocaína se extendía a otras situaciones no sexuales, a los participantes se les ofreció una hipotética elección entre recibir una pequeña cantidad de dinero ese mismo día o esperar (un día, una semana, un mes, seis meses, un año, cinco años o 25 años) para recibir 100 dólares. No se observaron diferencias entre las personas que tomaron cocaína y las que no en cuanto a su predisposición a esperar los distintos periodos de tiempo. Estos resultados sugieren que la impaciencia se refiere de forma específica al sexo y no se extiende a otras actividades, como sería una recompensa económica.

Este estudio puede ayudar a explicar por qué las personas que consumen cocaína de forma habitual están más predispuestas a adoptar conductas sexuales de riesgo cuando están bajo la influencia de la droga. El equipo de investigadores sabía que las personas que consumen cocaína de forma habitual tienen un riesgo más elevado de presentar el VIH (véase La Noticia del Día 17/07/2015) y otras infecciones de transmisión sexual (ITS), pero sus hallazgos sugieren que la “impaciencia sexual” podría explicar al menos en parte este mayor riesgo.

Según los autores, también pone de relieve por qué las autoridades públicas de salud y el personal médico deben garantizar que a estas personas se les ofrezcan preservativos para prevenir la propagación de las ITS y otras estrategias de reducción de riesgos.

No obstante, el equipo de investigadores admite que su estudio tiene limitaciones y, así, reconoce que sus hallazgos se basan en situaciones sexuales hipotéticas y no en situaciones de la vida real, y que las personas voluntarias ingirieron la cocaína en un comprimido en lugar de esnifarla o fumarla, como sería más habitual, por lo que cabe la posibilidad de que eso afecte a los efectos de la droga.